La Coctelera

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16 Enero 2007

Babel: entre la incomunicación y el miedo a lo desconocido

Por Alfonso Pardo

Antes o después tenía que suceder: caer en la tentación de comentar o recomendar una película. Pues ha llegado el momento, y el largometraje es Babel.
Esta obra del director mexicano Alejando González Iñárritu, que acaba de conseguir el Globo de Oro a la mejor película dramática, atrapará a aquellos que les gusta la cinematografía arriesgada, los guiones potentes y compactos, y las actuaciones sólidas y convincentes. En otras palabras, a todos los que disfrutan con el buen cine.

La historia arranca con un hecho casual pero desafortunado: dos niños marroquíes, a quienes su padre ha comprado un rifle de caza para proteger su rebaño de cabras del ataque de los coyotes, quieren comprobar el verdadero alcance del arma. Apuntan a un autobús de turistas que ven circulando a lo lejos en el valle, pensando que la bala no lo alcanzará. Pero la bala hace blanco en su objetivo hiriendo gravemente a una turista norteamericana. Este trágico incidente es el punto de partida de cuatro historias; dramas personales que transcurren en tres continentes distintos, y que tienen en el disparo del arma su único nexo común.
Así, en nuestro mundo aparentemente homogéneo y globalizado, la película se transforma en una mirada caleidoscópica a esa otra realidad, muy diferente, cuando las circunstancias obligan al individuo a salirse de la senda preestablecida por el sistema.
Da igual quién sea o dónde sea, las historias de Babel se van desgranando y en todas ellas termina aflorando la incomunicación entre las personas -a veces cercanas, otras veces ajenas-, el miedo a lo extraño, a lo diferente, a sentirse excluido, que –querámoslo o no- permanece agazapado en cada uno de nosotros, y cómo las barreras lingüísticas, culturales, se acrecientan hasta el infinito -y cualquier atisbo de cortesía es reemplazado por el mero instinto de supervivencia- cuando creemos perder el control de las circunstancias. Entonces el hilo que separa la brutalidad de la desolación puede volverse tenue, casi invisible, y cualquier gesto amable, por nimio que sea se agradece en lo más hondo.
Quienes hayan viajado bastante por tierras extranjeras seguramente sabrán a qué me refiero. Cuando te sientes víctima constante del profiling en los aeropuertos estadounidenses, cuando has cruzado la frontera entre México y Estados Unidos en Eagle Pass y has visto la orilla del Río Grande plagada de casquillos de bala disparados por los headhunters, cuando en la India los oficiales de aduanas te piden sin el menor escrúpulo dinero a cambio de no registrarte el equipaje, cuando en medio de la selva venezolana te quedas absolutamente desamparado porque el conductor del todoterreno decide renegociar la tarifa de sus servicios, cuando en Safajah –en Egipto- para salir del hotel necesitas la escolta de dos policías armados con fusiles, o simplemente cuando te sientes inmigrante, sospechoso o traidor en un país supuestamente hermano. En esos momentos cualquiera de nosotros siente ese desamparo, esa soledad que con tanta maestría relata el guión de Guillermo Arriaga, y al que González Iñárritu da vida en las imágenes de Babel.

Hay una escena de la película que me hizo recordar un episodio de uno de mis viajes; aquella en la que el personaje interpretado por Brad Pitt ofrece un puñado de billetes al guía marroquí y éste lo rechaza. Mi vivencia tuvo lugar en Nepal, allá por el año 1992. En una pequeña aldea, un muchacho de unos catorce años se me acercó y en un rústico inglés me pidió dinero, lo habitual cuando se ve a turistas. El caso es que él y yo terminamos charlando –como podíamos pero charlando al fin y al cabo-. Él quería saber todo de mi mundo, tan lejano y fascinante a sus ojos, y yo le preguntaba por su vida, tan diferente a la mía. Al final le dije que si me daba su dirección prometía escribirle. Le dejé un cuaderno y el muchacho con los ojos radiantes me garabateó al instante sus señas. Cuando ya me iba, le tendí un billete y el muchacho lo rechazó y me dijo con una amplia y blanquísima sonrisa “Oh, no. Now we´re friends!”, y –a cambio- él me tendió la mano.
Cumplí mi promesa, no podía ser de otro modo. Y me estuve carteando con Shyam durante cerca de cinco años. Hasta que un día mi última carta no obtuvo respuesta. No sé que habrá sido de él, pero quisiera creer que simplemente creció, y la vida le alejó de aquella dirección postal de la aldea nepalí donde nos conocimos.

Tags: cine

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3 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Jose

Jose dijo

Buf, me has dejado sin habla. Espléndido tu articulo Alfonso, y sobre todo, conmovedora la historia en Nepal. Has logrado que sintiera el apreton de manos, y que visualizará yo también la sonrisa de aquel joven nepalí.

En cuanto a la pelicula,... recomendadísima. Un excelente guión y una magnifica dirección.

Un saludo

16 Enero 2007 | 11:04 PM

Yuca

Yuca dijo

Impresionante lo bien que has plasmado esas sensaciones. Aunque no he viajado tantísimo como tú, entiendo perfectamente de qué estás hablando. Creo que no se puede ser más gráfico.

En cuanto al chico nepalí, estoy segura de que aunque hayáis perdido el contacto, Shyam te recuerda también muchas veces.

Un saludo.

31 Enero 2007 | 01:59 PM

Elisa

Elisa dijo

Tremendamente certera la realidad que reflejas. No sólo a través de la película sino desde tu experiencia vital.
Sorprende que seamos los únicos seres vivos capaces de comunicarnos de tantísimas formas y a veces, no encontremos (por distintas razones) forma ni modo alguno de expresarnos.

Conmovedor post.
Un saludo

3 Febrero 2007 | 11:03 PM

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Periodista y profesora argentina en Zaragoza, España. Colaboradora de LUA MULTIMEDIA y profesora del Instituto de Comunicación Empresarial (www.icecomunicacion.com) Miembro de la Academia de Televisión y de SIGNIS --------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------- Experiencias personales y profesionales
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