Pocas veces una película representa el papel femenino con tanta contundencia y a la vez, con tanta sutileza como Cuscús. Además, la película de Abdellatif Kechiche presenta los papeles masculinos como seres vehementes, débiles, casi etéreos y los describe con cierta conmiseración pero de una forma imperceptible, natural y honesta. Para los que no lo saben, el cuscús es un plato tradicional de Marruecos hecho a base de sémola de trigo, un plato riquísimo por cierto. Un plato que tiene mucha historia y mucho que
ver con la identidad árabe.
La historia es sencilla. Una familia del norte de África que vive en el sur de Francia se ve envuelta de en los problemas de la vida; infidelidades, divorcio, celos...A lo que se suma el despido del padre, Slimane. Sin embargo, Slimane no está solo, tiene a su ex mujer, a su novia, a sus hijas que le acompañan y le dan una nueva perspectiva a su vida. Cuscus es una película cercana y en cierta forma impactante, porque sumerge en un mundo de solidaridad y compañerismo familiar que se está perdiendo en el mundo occidental; en un matriarcado delicado, femenino, sensual y casi ausente. Hay que ver la película. El argumento en el que el protagonista, Slimene, lucha por poner un restaurante, se acerca también al fenómeno de la inmigración y describe las dificultades que tiene un inmigrante en este caso en Francia, para emprender su propio negocio. El film fue premiado con el León de Oro del público y de la crítica en Venecia 2007.
Las películas como Cuscus, que son pocas, además de invitar a pensar; son como pequeñas ventanas a otra cultura y para los que nos gusta viajar, no hay nada comparado a eso. Son los últimos días de exhibición en los cines Renoir de Zaragoza.
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Vitoria es una ciudad amable, abierta, verde, moderna. Una ciudad en permanente transformación, en movimiento. Una ciudad que invierte, que crece, y este fin de semana, una ciudad que no duerme.
Anoche, las doce de la noche después de la explosión alguien me dijo: -“...eso es una bomba”...
-“No”, comenté. “No se escuchan sirenas de policía o ambulancias...”
- “No”, me replicaron con seguridad... “Es una bomba”. Fue una respuesta tajante. No me dijeron más. Ahí se quedó la conversación.
Por la mañana, el despertador sonó con la sintonía del primer noticiero de la mañana en una conocida FM: “...Explotaron dos bombas, una en Vitoria y otra en Ondarroa, en total casi cien kilos de explosivos”. Quedé helada.
Más tarde, intenté pasar por la zona (que quedaba cerca del lugar donde estaba). Otra vez, los vitorianos, tajantes: “No, no se puede”. Vale. Decido pasear por las peatonales. “Tantear” el ambiente en la cara de la gente, en los bares de tapas. Ver de cerca la preocupación...
Los vitorianos tienen una intuición especial para la gente, para los eventos y por supuesto, para la política. Quizás sea esa intuición, la experiencia, el miedo, o quizás ese famosos refrán que repiten los mismos vitorianos (“Alavés falso y cortes”), quizás sea por esa ceremonia o protocolo que tienen, que me costó descifrar lo realmente piensan o sienten. Quizás sea por eso que no detecté esa angustia, que no logré captar esa tristeza que estoy segura, dejan salir en casa con más bronca que abatimiento.
Los más de veinticinco grados en la capital vasca ocultaron todo lo demás. Sólo encontré gente observando las obras, hablando del tranvía, escuchando la maravillosa interpretación de la banda municipal de música junto al caminante.
Todo hay que decirlo, sólo estuve un par de días.
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